Fue tan parecido y tan distinto a la vez. El tiempo pasó de otra forma, el día a día esta vez no entró en pausa sino que nos amarró con fuerza, a él y a nosotras. A mi se me hizo eterno, los días me parecían angustiosamente largos y la noche no parecía traer calma ni descanso. Me costó más que la primera vez, el corazón ya sabía lo que venía y la mente se esforzaba por mantener el control. Nos unimos como nunca, encontramos formas de llevarlo, pero igual que la primera vez, nos llevó como un tornado.
Esta vez, la vida decidió hacerme a un lado en el momento final, me recordó que siempre estoy acompañada, pero que este no era mi tiempo para participar. Ese accidente me obligó a mirarme, a cuidarme y a dejar en otras manos la situación. Ahora necesitaba recomponerme, darme tiempo y dejarlas a ellas solucionarlo. Sabía la angustia de todas por resolverlo, la de ellas por aliviarme y la mía por aliviarlas a ellas, pero ninguna estaba en posición de decidir algo, esta vez éramos solo espectadoras de decisiones ajenas.
Hizo falta darle todo el coraje propio para dar el paso, el miedo lo consumía y no lo dejaba descansar. Lo logró cuando menos nos lo esperábamos, sólo hizo falta un mensaje que le asegurara que todo iba a estar bien, que nosotras íbamos a estar bien, que ahora sólo importaba él y su bienestar.
Aprendemos de a poco cada día, porque esta vez fue diferente todo. Nosotras no somos las mismas, nos cuestan otras cosas y se nos facilitaron otras tantas. Esta rutina ha sido distinta, las sensaciones son nuevas y el acostumbrarnos ha sido para unas mas fácil que para otras.
Lo inimaginable sucedió, llegó cuando menos nos lo esperábamos y otra vez nos dice la vida que ella es la dueña, que nosotras sólo vamos por días.
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