jueves, 4 de diciembre de 2014

Esa perla

Pasó la primavera, el verano llegó para obligarme a repensar muchas cosas de mi vida y de la vida en general, fue intenso, tanto que me volví a cerrar, como un concha escondiendo esa perla que estuvo cultivando todos esos meses de invierno, invierno que pensé había dejado atrás. Este verano derritió todo lo que quedaba congelado y me asusté tanto que me cerré y así llegó el otoño.
El otoño fue cómodo, estuve segura, camuflándome entre las hojas y siendo tan fría y seca como el viento mismo; pensé y hablé de todo lo que me asustaba, sin saber aún cómo resolverlo, lloré con cada recuerdo y con cada miedo que expresaba, incluso cuando pensé que ya no quedaba nada por dentro... 

Sólo quien conoce estos inviernos, veranos y otoños supo entrar y sin proponérselo me regaló apoyo y afecto; otros me acompañaron pero sin saber que hacer; en casa me esperaron y apoyaron sin condición alguna, pues lo único que me ha dado estabilidad parecía ser lo menos estable y me aterraba no ser capaz de seguir adelante, pero tu recuerdo, como siempre me sostuvieron y así seguí adelante, llegando al final sin darme cuenta cómo o cuando. 

El invierno ya volvió, y me aterra, prefiero el otoño, ahí si me camuflo no muero, pero el invierno amenaza con congelarme por dentro y por fuera. Disfruto de la vida, es verdad, por ti y por mi, pero el invierno vuelve... Y los miedos de ahora me paralizan, no encuentro forma de resolverlos, todo está revuelto por dentro y me haces falta para ordenarlo, he entendido mucho, al tiempo que he despertado cosas que pensé habían muerto, pero parece que los temores están alerta para atacarnos cuando menos les esperas.

Espero y espero a que algo me de valor para abrirme, si estuvieras aquí me dirías que tanto la perla como la concha que la cubre son hermosas y valiosas, pero tengo tanto miedo que creo que ni siquiera he permitido que disfruten de la concha.

Seguiré atesorando los recuerdos y las alegrías mientras encuentro la manera de ser libre y mostrar esa perla que tu viste y ayudaste a formar, mientras todas mis alegrías te las dedico, las alcanzadas y las que se buscan, pues ese esfuerzo me mueve y protege.

lunes, 24 de marzo de 2014

Equinoccio de primavera

Dicen que si no has vivido las estaciones no puedes saber a cabalidad cómo son, cómo se sienten, cómo vienen y se van, sin embargo creo que la vida encuentra la manera de acercarnos a lo que no conocemos de las más extrañas maneras... yo conocí el invierno duro y frío, donde la alegría y la esperanza se quedan congeladas, y lo único que queda son las pocas reservas de afecto y calor que estaban guardadas en alguna olvidada alacena. 

El invierno que conocí, el que viví, se llevó todo lo bueno que había en mi, todo lo dulce que alguna vez creí tener y que podía regalar, el invierno me obligó a encerrarme hasta que la primavera llegara, y poco a poco descongelara mis manos, mi pelo, mis piernas, mi cara y mi alma. Morirme nunca fue un opción, siempre supe que tenía que aguantar y esperar hasta que me descongelara, además no estaba sola, había alguien más a quien no podía dejar atrás.

Esa noche conocí lo más duro y cruel de la vida, de la vida que me había dado todo! y me había llenado de alegrías, sueños y felicidad, esa noche me sequé por dentro.

Casi tres años han pasado, tres años en los cuales poco a poco me he descongelado, me he despertado y he vuelto a la vida, el invierno me ha parecido más bonito cada día, aprendí a disfrutar de mi compañía, atesorando pero no reteniendo tus recuerdos.

La primavera llegó, y no me di cuenta cuándo dejé de estar congelada, cuándo volví a sonreír y a disfrutar del sol, de la nieve, del frío, y de la oscuridad exterior. Me descongelé y salí a ver que aunque yo me había congelado adentro, afuera el mundo siguió girando, el sol había seguido saliendo diariamente, la lluvia cayendo y los pajaritos cantando. Ahora me espera la primavera, con su renacer, su florecer, su despertar, y nada más puedo hacer que esperar qué me tiene preparado, mientras sigo saliendo a disfrutar de la vida, mientras tu recuerdo vive más profundo cada día en mí.

sábado, 8 de febrero de 2014

Albumes, historias, recuerdos...

Sacando lo que no habíamos tenido el valor de mirar, encontré infinidad de fotos que me recordaron esos momentos en los que la vida parecía no acabar nunca, donde todo era posible y donde la inmensidad del universo parecía más que alcanzable, porque siempre supe que contigo todo era posible; en alguna caja llena de polvo y de cosas sin aparente importancia encontré un muy viejo álbum de fotos, que pertenecía a uno de esos personajes salidos de una historia de tu familia, que aunque nunca conocí, siempre supe reconocer. El álbum, testigo de muchos años y acontecimientos, tocado por diferentes manos y guardado alguna vez entre tus muchos tesoros no parecía tener espacio en las repisas de nuestras casas, pero la idea de botarlo o regalarlo simplemente me hacían pasar un mal rato y francamente me sentía profundamente grosera contigo, si lo habías guardado tantos años alguna razón habrías de tener, así que siguiendo esa corazonada se lo mostré a esa persona quien quizá  sabe más de nuestras vida que muchas otras más cercanas, y quien desde el primer momento quedó encantado con lo que tenía en las manos, y me hizo notar el valor que podría tener sólo por haber sido guardado tantos años por ti. 

Meses han pasado, y honestamente no se que ha pasado últimamente con el álbum, solo se que está en buenas manos, que quien lo ve lo aprecia y que todos los involucrados con él sienten alegría al  examinarlo y él se siente valorado nuevamente. 

Me pregunto ¿porqué lo guardaste? ¿qué esperabas de él? ¿qué tenías planeado hacer? ¿qué valor tenía dentro de ti? ¿qué haré con él? 

Cuando alguna de estas preguntas tenga respuesta, te contaré que decido, por ahora sólo puedo reforzar mi teoría de que los recuerdos, las historias, las memorias y los afectos nos aportan más de lo que pensamos en la construcción, no solo de quienes somos, sino de quienes seremos.