Dicen que si no has vivido las estaciones no puedes saber a cabalidad cómo son, cómo se sienten, cómo vienen y se van, sin embargo creo que la vida encuentra la manera de acercarnos a lo que no conocemos de las más extrañas maneras... yo conocí el invierno duro y frío, donde la alegría y la esperanza se quedan congeladas, y lo único que queda son las pocas reservas de afecto y calor que estaban guardadas en alguna olvidada alacena.
El invierno que conocí, el que viví, se llevó todo lo bueno que había en mi, todo lo dulce que alguna vez creí tener y que podía regalar, el invierno me obligó a encerrarme hasta que la primavera llegara, y poco a poco descongelara mis manos, mi pelo, mis piernas, mi cara y mi alma. Morirme nunca fue un opción, siempre supe que tenía que aguantar y esperar hasta que me descongelara, además no estaba sola, había alguien más a quien no podía dejar atrás.
Esa noche conocí lo más duro y cruel de la vida, de la vida que me había dado todo! y me había llenado de alegrías, sueños y felicidad, esa noche me sequé por dentro.
Casi tres años han pasado, tres años en los cuales poco a poco me he descongelado, me he despertado y he vuelto a la vida, el invierno me ha parecido más bonito cada día, aprendí a disfrutar de mi compañía, atesorando pero no reteniendo tus recuerdos.
La primavera llegó, y no me di cuenta cuándo dejé de estar congelada, cuándo volví a sonreír y a disfrutar del sol, de la nieve, del frío, y de la oscuridad exterior. Me descongelé y salí a ver que aunque yo me había congelado adentro, afuera el mundo siguió girando, el sol había seguido saliendo diariamente, la lluvia cayendo y los pajaritos cantando. Ahora me espera la primavera, con su renacer, su florecer, su despertar, y nada más puedo hacer que esperar qué me tiene preparado, mientras sigo saliendo a disfrutar de la vida, mientras tu recuerdo vive más profundo cada día en mí.
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